Hace unos días me preguntaron por qué una camiseta decía: “Machala, capital mundial de la resistencia”.
Mi respuesta corta fue: “Si tengo que explicarte por qué somos resistencia, quizás no entiendes nada”.
Pero después lo pensé mejor.
Quizás el problema es justamente ese: que no estamos entendiendo.
Porque Machala ha resistido mucho.
Ha resistido malos gobernantes, promesas incumplidas, políticos cuestionados y autoridades que llegaron hablando de servicio, pero terminaron entendiendo lo público como una oportunidad personal.
Y lo más peligroso es que hemos resistido tanto, que a veces parece que también nos hemos acostumbrado.
Y yo me resisto a acostumbrarme.
Me resisto a creer que nuestra máxima aspiración cultural sea convertir a Machala en una pequeña Miami.
Y no porque Miami tenga algo de malo.
Pero, ¿de verdad esa es nuestra aspiración identitaria?
¿Parecernos a otra ciudad?
¿Llenarnos de edificios, luces, centros comerciales y creer que eso, por sí solo, significa identidad o desarrollo?
¿Dónde queda lo nuestro?
Nuestra historia.
Nuestra memoria.
Nuestra cultura.
Nuestra gente.
Me resisto a creer que eso sea todo lo que podemos imaginar para Machala.
Me resisto también a una sociedad donde alguien convierte sus conflictos personales o familiares en espectáculo y termina convertida en influencer.
Donde una marca, empresa o institución parece encontrar más valor en el escándalo que en el talento, el trabajo o el aporte real de una persona.
¿De verdad esa es la influencia que queremos premiar?
¿El escándalo se convirtió en mérito?
Me resisto a eso.
Me resisto a seguir romantizando esa vieja frase de: “Robó, pero hizo obras”.
Como si hacer obras fuera un favor.
Como si administrar correctamente el dinero público fuera opcional.
Como si debiéramos agradecer que una parte de nuestros propios recursos vuelva convertida en cemento.
Me resisto a normalizar que alguien llegue a la política con una realidad económica determinada y, después de pasar por una institución pública, aparezca rodeado de un patrimonio que genera preguntas.
La función pública debería ser eso: servicio público.
Servir a la comunidad.
No servirse de ella.
Me resisto a olvidar esa diferencia.
También me resisto a vivir con miedo. A mirar hacia atrás cuando caminamos. A pensarlo dos veces antes de salir de noche. A preocuparnos permanentemente por nuestros hijos. A escuchar disparos, asesinatos, extorsiones y violencia como si fueran parte normal del paisaje.
Y peor todavía, a escuchar frases como:
“Es que se están matando entre ellos”.
¿En serio?
¿En qué momento dejamos de asombrarnos?
¿En qué momento una muerte dejó de importarnos porque supuestamente no era “de los nuestros”?
Me resisto a esa indiferencia.
Me resisto a creer que para progresar en esta tierra hay que destruir al que está al lado.
Que para subir yo, alguien necesariamente tiene que bajar.
Que tener trabajadores o colaboradores significa tratarlos como peones.
Que el éxito se mide por cuánto poder podemos ejercer sobre otros.
No.
El verdadero progreso debería permitirnos crecer sin perder humanidad.
Me resisto a creer lo contrario.
Y también me resisto a pensar que debemos temer más a los hombres que a Dios.
Los gobiernos pasan.
Los cargos terminan.
El poder cambia de manos.
Pero quienes creemos en Dios sabemos que existe una responsabilidad mucho más profunda: vivir con integridad delante de nuestro Padre celestial.
Cuando pienso en eso, pienso en mi abuelo, Saúl Timoleón Pazmiño.
Ejerció varios cargos públicos y terminó sus días viviendo con sencillez.
Porque entendía algo que hoy necesitamos recordar: se llega al servicio público para servir a la comunidad, no para servirse de ella.
No digo que antes todo haya sido perfecto.
Nunca lo fue.
Pero sí creo que existen valores que no deberíamos permitir que desaparezcan: la palabra, la honra, la decencia, el servicio y la responsabilidad.
A perder eso también me resisto.
Entonces, ¿por qué “Machala, Capital Mundial de la Resistencia”?
Porque hemos resistido.
Pero también porque todavía necesitamos resistir.
Resistir la corrupción.
Resistir la violencia.
Resistir la indiferencia.
Resistir la mediocridad.
Resistir la cultura del escándalo.
Resistir la idea de que desarrollarnos significa dejar de parecernos a nosotros mismos.
Resistir la creencia de que para triunfar tenemos que pisotear a alguien.
Pero hay algo todavía más importante:
resistir no puede significar solamente aguantar.
Resistir también significa construir.
Crear.
Trabajar.
Educar.
Hacer cultura.
Recuperar nuestra memoria.
Defender nuestra identidad.
Servir con honestidad.
Y demostrar que Machala puede aspirar a algo mucho más grande que parecerse a otra ciudad.
Machala puede aspirar a encontrarse consigo misma.
Por eso me resisto.
Porque todavía creo en esta tierra.
Porque todavía hay gente buena trabajando todos los días sin cámaras, sin escándalos y sin discursos.
Porque todavía existen artistas, comerciantes, emprendedores, trabajadores, profesores, jóvenes y familias que siguen construyendo.
Y porque mientras existan personas capaces de decir:
“Esto no está bien y no quiero acostumbrarme”, todavía habrá resistencia.
¡Viva Machala, Capital Mundial de la Resistencia!
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