Despertó
en la mañana de un domingo. Ni si quiera recordaba el día y el mes exacto, pues
el dolor de cabeza, malestar y estragos de una noche extraña aún perturbaban su
mente al solo recordarlo. Lo cierto, es que al abrir sus ojos encontró a 5
pares de ojos mirándolo fijamente, casi que sin poder pestañar menos pronunciar
palabra, aparentemente se mostraban horrorizados, sus rostros notaban
expresiones de asombro, duda, miedo, incredulidad, se percibía la sensación que
una fatídica noche había sido la compañera unas horas antes. Se sentía un
ambiente pesado y lúgubre. No tenía ni la más remota idea de lo que le había
ocurrido, pero la sola sensación de querer levantarse hizo efecto en varias
partes del cuerpo, los mismos que estallaron al unísono: manos, boca, piernas y
cabeza. Solo atinó a quejarse y gritar. Inmediatamente trató de reincorporarse
y al alzar brevemente la cabeza pudo comprobar que su camiseta estaba llena de
sangre y el colchón en donde yacía tendido estaba casi que despedazado;
levemente pudo divisar que muchos de los trozos del mismo estaban por
algunas partes de la habitación. Surgieron por supuesto algunas inquietudes:
¿Qué había pasado? ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué tenía sangre en las manos?
¿Por qué duele tanto el rostro y cuerpo? Fueron dudas que inmediatamente le
invadieron. Por un instante, pensó, que había sido parte de alguna pelea o algo
así, aunque lo hubiese recordado! Sin embargo el ambiente tétrico de esa mañana
estaba apuntando que otra cosa había pasado, algo que hasta ahora puede o no
tener una explicación lógica, lo cierto es que, por mucho, fueron los 2 o 3
minutos más largos de toda su vida y una desesperación por encontrar respuestas
a todas esas dudas, y los testigos serían los que luego las aclararían.
Hace dos
días atrás, en una suerte de ocurrencia juvenil disfrazada de encontrar un
futuro promisorio para sus años universitarios venideros, Dumas pidió permiso a
sus padres para ir a Quito; pues requería conocer el estado de las carreras y
pensum universitarios. Hace algunos meses atrás había terminado su colegiatura.
Natalia, su amor juvenil, había partido hacia aquella ciudad en búsqueda de su
padre y su futuro. Aquella partida era algo que Dumas siempre supo. Aunque en
el fondo, no es lo que se espera que suceda, pues es preferible dejar aquella
información en lo profundo del corazón, allí donde el tiempo se encarga de
hilar fino para luego tejer muchas veces las amargas experiencias de la vida.
Aquel era un tema que nunca saldría a flote en la conversación de ambos. El ni
siquiera permitía a la imaginación hacer uso del recurso de la distracción,
pues voluntariamente decidió hacer del tema algo que nunca sucederá. Solo dejar
al tiempo que sea el encargado de aniquilar con su asombro: el presente.
Finalmente el día llegó, Natalia se fue y Dumas se quedó. A partir de ese día,
Dumas comenzó un proceso de adaptación con la soledad, algo que no había
ocurrido desde 3 años atrás. Tal situación generó cansancio anímico, tristeza.
Dumas estaba literalmente distraído, estaba agobiado, estaba frustrado. Había
hecho del tiempo su aliado a la hora de buscar sentido a su vida, manifestaba
insatisfacción en la satisfacción de cumplir lo que promovía la cultura en que
creía: "Sexo, drogas y rock and roll", él quería nuevos vientos de
libertad que le ayudasen a salir de su encierro. El viaje planeado era la
excusa perfecta aunque sabía que mentía. Lo importante era salir para quizás
comenzar de nuevo, estaba listo para la Capital.
Los
padres de Dumas alegremente accedieron al ver su disposición a continuar sus
estudios. Ellos no imaginaron nunca, que ese viaje cambiaría su vida para
siempre. Por supuesto, lo que menos hizo Dumas en dicho viaje fue ejecutar la
propuesta planteada a sus resignados padres, ni muchos menos buscar su amor de
juventud.
Esa misma
noche, a medianoche, junto a cinco amigos, tomaron camino rumbo hacia Quito.
Recuerda la rapidez con que viajaba el chofer del automóvil y la densa niebla
que había en el carretero. Luego de 8 horas de viaje, ellos estaban en su
destino. "I guess there is no one to blame. We're leaving ground (leaving
ground). Will things ever be the same again. It's the final countdown... The final countdown Ooh", sonó en las bocinas del
alto-parlante del auto, un programa de la principal radio de la ciudad los
recibía con una buena dosis de rock en la voz de Joey Tempest. “Comenzó
la cuenta regresiva", pensó Dumas, mientras se asombraba mirando por
la ventana el paisaje en el cual Quito era la protagonista. Quito se mostraba
como la ciudad imponente que era. Para él, Quito venía a ser una metrópolis comparada
con su pequeño pueblo Machala, en donde las calles eras aún sin lastre y en
pleno invierno se inundaba todo, saliendo a flote la basura encaramada en los
rincones de las casas, esto tapaba las pocas alcantarillas que estaban
servibles en el pueblo. Dumas no encontraba placer en mirar aquel panorama casi
todos los días. Dumas en el fondo huía de eso.
La
primera parada fue en el departamento del hermano de un amigo compañero de
viaje. Allí descargaron no solo sus maletas, sino también todas sus energías,
pues las ganas de aprovechar cada minuto de su estancia en Quito eran vitales
para el grupo. No se iban a detener por nada. Saludaron y se abrazaron
efusivamente. Luego se les dio paso gentilmente al uso de las habitaciones y
los espacios del departamento el cual no era muy grande, pero para Dumas y sus
amigos era perfecto. Los huéspedes auguraron al anfitrión un fin de semana sin
precedentes, pues también estaban allí para distraerlo, ya que este se mostraba
cansado de tanto estudiar las tediosas materias que su carrera ocupaba. Roberto
había elegido estudiar Medicina, que para la época era un orgullo para los
padres y por supuesto cubría una demanda insatisfecha en Machala que
estaba plagada por médicos que había hecho de la profesión un negocio muy
lucrativo aprovechándose de los más pobres. Roberto quería terminar con eso. El
estaba empecinado en terminar sus estudios y lo manifestaba en el ánimo con el
que hablaba de sus recientes experiencias universitarias. Curiosamente, poseía
algunos fósiles para la realización de sus estudios prácticos. Los fósiles
estaban debajo de la cama de Roberto, los mismos que sacó del lugar y mostró al
grupo a manera de transmitir los conocimientos adquiridos en su reciente
carrera médica. El chofer del automóvil interrumpió la exposición y tomó uno de
esos huesos. Antes de entregárselo en las manos de Dumas, sentenció: "Reza
algunos padres nuestros, y el dueño del hueso, te concederá protección y buen
augurio". Explotó Dumas con un aire de incredulidad y expresò: "No
me jodas, Rosendo". Rosendo no se mostró feliz con ese desaire. Tomó
el hueso del suelo donde había caído, y se lo colocó en la chaqueta a Dumas.
Dumas frunció el ceño y aceptó tal gesto.
A partir de allí, todo el grupo de amigos subió al automóvil rumbo a la
aventura. Quito se mostraban espléndida, sus calles, sus avenidas, sus museos,
su centro histórico, sus monumentos, su cultura, su norte y su sur. Les llamaba
la atención ver en las calles la presencia de una cultura rockera, pues para
Dumas y sus amigos eso era motivo de felicidad. Saludaban efusivos en las
calles a cuanto pelilargo encontraban a su paso. Se sentían identificados y
libres. Machala, no era lugar para esta "raza extraña"
como ellos solían autodenominarse, allí abundaban los
"gorgoteros" y "tirados a sabidos". En Machala eran
juzgados, vituperados, satanizados y criticados por todos. Las personas
“normales” no estaban acostumbradas a camisetas con calaveras o cruces
invertidas o logos casi indescriptibles de alguna banda de rock duro. En Machala
aún se vivía de las apariencias, como todo pueblo que se forja con el
duro trabajo de sus habitantes pero que no ha desarrollado la visión de
una convivencia social diversificada en donde sus habitantes expresan con
libertad sus ideologías. Machala debía su prosperidad a las bonanzas de la
naturaleza, pues era rica en cultivos de banano. De hecho, esto generó un
título que hasta nuestros días permanece. Machala es La Capital del banano.
Por supuesto, con aquella prosperidad económica aparecieron en la ciudad nuevas
personas ricas, nuevas urbanizaciones, nuevos autos, nuevos lujos, nuevas necesidades
pero viejas mentes que aún permanentemente deambulan por las calles de aquella
ciudad, de aquel pueblo. Para Dumas y sus amigos toda reunión que hacían era
parte del "underground", pues su cultura no era vista con buenos ojos
y debían hacerlo casi en secreto. Un dicho reza: "Pueblo chico, infierno
grande". Literalmente para Dumas, Machala era el infierno. Y
ahora estaba en el Cielo, bueno en Quito, que casi es lo mismo, pues
a esta ciudad la llaman sus habitantes cariñosamente: "La carita de
Dios". Por supuesto, como en toda ciudad grande que tiene mucha población,
existen mayores necesidades y diversidad de entretenimiento. Quito tenía su
vida nocturna, sus bares, sus cantinas, sus casas de citas, sus rincones
ocultos.
A Dumas
siempre le había atraído lo oculto. Quito poseía en la noche ese poder mágico
con que cuentan las ciudades grandes para atraer a sus
visitantes. Gente en las calles caminando de ida y venida, música en
todos lados, risas y carcajadas son parte de la escenografía precisa que se
presta para cualquier farra. Fue una noche salvajemente agotadora y
excitante. En un solo día, Dumas y sus amigos desde que llegaron a Quito se
habían desmandado en el alcohol con todo el ímpetu juvenil que en los años
mozos pesan. Ellos habían despertado a La Bestia, pero prefirieron irse a
dormir con una sonrisa en el rostro y dispuestos a que el siguiente día fuera
mucho mejor que el anterior.
Despertaron
casi al mediodía, el sol brillante de la capital entraba esplendorosamente por
las grandes ventanas del departamento. La resaca era muy fuerte, nadie quería
dejar la comodidad de sus camas o colchón tirado en el suelo, que para el
efecto era lo mismo. Pero, sabían que las horas corrían y con ellas el día
perece. Una ducha y unos analgésicos eran la vitamina ideal para poder
continuar la aventura. Sin embargo, allí en plena ducha, Dumas comenzó a
recordar la noche anterior. Inmediatamente vino a su mente la imagen de una
mujer. Aquella noche, Dumas y sus amigos habían frecuentado una casa de citas. Allí
conoció a Lucía, una mujer alta, blanca de ojos verdes, procedente de Manabí;
ciudad cálida al oeste de Ecuador. Dumas ya había tenido experiencias con
meretrices anteriormente, sabía que era un trueque casi mercantil de dinero por
sexo. Sabìa que todo era un acto que tenía principio y un final inmediato. Pero
aquella noche había sido distinta, pues nunca una meretriz le había hablado de
la manera que lo hizo Lucía. Recordó haber hablado de la vida, del amor, de
los gustos y preferencias, de la música, de los padres y hermanos, de los
clientes; temas que por lo general sólo se hablan con alguien conocido o
cercano. Jamás con desconocidos y menos en una casa de citas! Lucía le había
hablado con dulzura, sinceridad y cariño, algo que Dumas extrañaba. No dejó de
pensar en Lucía todo ese día.
Luego de
pasear por Quito el resto de esa tarde, pensaron en seguir bebiendo, de hecho
lo hicieron. Pero la juerga del día anterior había demandado muchos gastos, por
lo que el dinero comenzó a escasear. “Hagámosle a una de pecho amarillo”
exclamó Logan, en referencia a un licor barato con etiqueta amarilla que lo
encontraban en cualquier tienda de barrio y que era apetecido por los jóvenes
de la época, y que al mezclarlo con jugo de naranja promovía a interminables
noches de juergas y diversión. Por lo tanto, los amigos siguieron con el
cometido, ya era la última noche en Quito, ellos lo sabían, pero no querían
aceptar la idea. No aún. Querían sacarle provecho hasta el final. En medio
de la conversación, Logan se acordó que había dejado olvidado un documento
importante en la casa de citas la noche anterior. “Momento perfecto”
pensó Dumas. Era el momento de encontrarse con Lucía. Fueron a “Castillo
Rojo” inmediatamente, preguntaron al guardia por el documento, este se los
entregó y salieron. Dumas esperó que sus amigos se alejaran y se acercó
al oído del celador, preguntó por Lucía, este le dijo: “Se acaba de ir en
bus a Manabí, viene la próxima semana”. Dumas agradeció la información, se
retiró en silencio. No le dio importancia, pero casi sin percatarse en su
interior se asentó una ausencia más. No lo admitió enseguida, siguió caminando.
Regresaron
al departamento de Roberto, se sentaron a charlas y “pechos amarillos”
comenzaron a desfilar, uno a uno. Dumas estaba pensativo, su mente divagaba en
los acontecimientos de la noche anterior, apenas atinaba a reírse de las
gracias y chistes que sus compañeros hacían. Todos estaban relajados y estaban
listos para irse al otro día, dos días de libertad y diversión habían sido
suficientes para distraerse y volver a la misma rutina que en Machala les
esperaba. Aunque en el fondo, nadie quería regresar pues uno a uno fueron
hablando de que les gustaría quedarse a vivir en Quito, hablaban de sus planes,
proyectaban futuros, todos querían que sus fines de semanas fueran así. Dumas
pensó mejor en ir a dormir, ya estaba "happy".
Dumas se
levantó en dirección al baño y se encontró que la puerta del mismo estaba
cerrada. Alguien estaba allí. Tocó la puerta y nadie respondió. Su necesidad
biológica requería respuesta. "Regar la maceta" se muestra preciso en
esos casos de emergencia. Inevitablemente la sensación de relajación es clave
para dar uso de la mente. Pensó claramente: "Quiero ir a dormir".
Dumas sintió que alguien se acercaba, quiso apresurar y terminar. Se dio la
vuelta y vio a una sombra gigante que le cubrió, una voz produjo carcajadas y
lo poseyó.
Segundos
más tarde, Dumas entró precipitadamente bañado en sangre a la sala del
departamento, gritando y dando alaridos en un idioma diferente. Se rasguñaba a
sí mismo con una mano mientras que con la otra rompía almohadas, luego un
colchón que se encontraba en una habitación a lado del baño. Tomaba en sus
manos un amuleto, un objeto extraño que denominaba con un nombre específico.
Nadie le entendía. Logan lo tomó de los brazos y se puso encima de él para que
no causara más destrozos, pedía a gritos que sus amigos ayudarán a controlarlo.
Ellos lo hicieron. Logan que había asistido a unas reuniones espirituales hace
unas semanas atrás, las cuales le habían ayudado por un brevísimo tiempo a
recuperarse de su adicciones, recordó que también le habían enseñado a rezar.
En ese momento rezó con todas sus fuerzas y colocó un crucifico que tenía en su
cuello en el pecho de Dumas mientras expulsaba a aquello que estaba poseyendo a
su amigo. Algo salió. Alguien entró. Nadie durmió, excepto Dumas.
Al
amanecer, Dumas se levantó y encontró a sus amigos mirándole fijamente. Ellos
se mostraban horrorizados. Inmediatamente le ayudaron a levantarse, lo
abrazaron y le contaron lo sucedido. Todos salieron del departamento
hacia el automóvil. El auto tomo ruta hacia Machala. El viaje de 9 horas
de regreso fue el más largo de la historia, por lo menos para Dumas. Nadie
habló en todo el trayecto de regreso, el silencio fue compañero de ese viaje.
Nadie quiso hablar jamás.
Dumas se bajó del automóvil para ir a su casa. Rosendo, le miró
fijamente, señaló el hueso de muerto que había guardado en su chaqueta y le
recordó: “Reza algunos padres nuestros, y el dueño del hueso, te concederá
protección y buen augurio”. Dumas asentó con la cabeza y se fue.